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La resiliencia es una de las habilidades más de moda en estos tiempos.

Nuestros líderes (políticos, deportivos, empresariales… todos) nos hablan de la necesaria resiliencia para recuperarnos de la adversidad en la pandemia, en la crisis o tras una derrota. De hecho, esta recuperación se ha asimilado a otra expresión más dinámica: bouncebackability, uno de los términos más divertidos que se han puesto de moda últimamente.

Esta «palabra» la acuñó un entrenador de fútbol de la liga inglesa y —a pesar de ser «incorrecta» desde el punto de vista gramatical— es tan descriptiva que ha tenido éxito. Nosotros en español podríamos decir la capacidad de rebotar, de levantarnos de las caídas.

 

Resiliencia es eso.

Es más que la persistencia. La persistencia es continuar, seguir insistiendo en un empuje, en una iniciativa que no tiene resultado de momento. «Persiste y vencerás», «el que la sigue la consigue», son expresiones de persistencia en la sabiduría popular.

Pero resiliencia es más que eso, porque incluye un revés, una caída, una derrota parcial. Si tenemos un revés en un encuentro deportivo (nos marcan un gol, se lesiona nuestra estrella del equipo, etc.) es preciso mostrar resiliencia: recomponerse del impacto negativo y seguir adelante, con convicción de prevalecer, de seguir compitiendo.

Esta habilidad es una diferencia importante entre jugadores (o profesionales) campeones. Es seguramente imposible, en una competición de alto nivel, que todo sean victorias y no se cometan errores o se obtengan resultados parciales no satisfactorios.

 

No conozco campeones sin resiliencia.

Floyd Patterson fue un boxeador estadounidense campeón mundial en la categoría peso pesado. Patterson se enfrentó a Ingemar Johansson de Suecia en 1959. Johansson derrotó a Patterson cuando el árbitro detuvo la pelea en el tercer asalto después que el sueco había derribado siete veces a Patterson… Floyd Patterson se levantaba cada vez.

En 1961, Patterson se tomó el desquite y noqueó a Johansson en el quinto asalto del combate de revancha, con lo que muchos historiadores del boxeo han llamado «el mejor golpe en la historia del boxeo». Se convirtió en el primer boxeador en recuperar el título de peso pesado. Floyd se levantaba cada vez que lo tiraban a la lona… tenía bouncebackability.

 

Pensemos en los tres monstruos del tenis mundial: Nadal, Djokovic y Federer.

Probablemente, usted ha visto como estos campeones remontan partidos cuando están totalmente perdidos (bien, no totalmente… porque acaban ganando). Los rivales los tienen contra las cuerdas, pero ellos no se rinden. Este es un concepto que me gusta llamar «resistencia infinita». Cuando todo indica que estamos perdidos… resistimos y resistimos hasta que nuestros adversarios se quiebran; no pueden entender que seguimos luchando.

 

Pues bien, ¿de dónde sale esta resiliencia y cómo se entrena?

En mi opinión, la resiliencia «viene de serie». Los seres humanos venimos con la resiliencia codificada en nuestros genes: nacemos resilientes. Pongamos el ejemplo de cómo los niños y niñas aprenden a caminar. Aprenden a caminar cayéndose. De hecho, algunos pediatras opinan que en realidad lo que aprendemos es a caernos.

La Dra. Karen Adolph es una autoridad de reconocido prestigio en el terreno del desarrollo locomotor en niños. En uno de sus estudios, determinó que los bebés (90%) llegan a caerse entre 400 y 700 veces antes de saber caminar.

¿Imaginan ustedes un bebé que —tras caerse 300 veces— decide no levantarse porque ya está harto de tantas caídas?

No. Estamos genéticamente preparados para seguir adelante, para prevalecer. Es nuestra resiliencia como humanos. No hace falta ser el mejor tenista, el mejor boxeador o el mejor emprendedor: somos resilientes por naturaleza.

Los humanos somos fuertes y flexibles más allá de lo imaginable. La resiliencia es el músculo que nos hace levantarnos cada vez que la vida nos hace caer. Vivimos muchos desafíos – es parte de la vida – y la mejor estrategia es prepararnos para ellos: la anticipación nos hace más poderosos.

 

Las personas resilientes que pueden servirnos de referencia tienen tres elementos en común acerca de cómo interactúan con el entorno:

  • Aceptación de la realidad. Independientemente de lo dura que pueda ser, se enfoca con optimismo, pero sin deformar o distorsionarla. Tenemos que confrontarla y sobreponernos.
  • Búsqueda de sentido. Este elemento es clave para conservar la esperanza y seguir adelante. Una de las obras más conocidas e influyentes en este aspecto es la obra de Viktor Frankl Man’s Search for Meaning (1946), donde relata cómo sobrevivió a un campo de concentración nazi en la Segunda Guerra Mundial. Otros prisioneros no conseguían salir adelante porque no tenían el foco que Viktor consiguió para sobrevivir.
  • Habilidad para improvisar. Solucionan problemas o situaciones con pocos recursos o medios. Hacer posible lo (aparentemente) imposible.

En suma, si tenemos propósito y valores podremos buscar sentido en las situaciones más adversas que podamos imaginar. Esa realidad puede ser retadora, como la crisis del COVID-19, pero, si aceptamos el desafío, tenemos las mejores posibilidades. Por eso tomamos acción, tomamos control de nuestro destino, con esperanza, con enfoque positivo.

 

Nuestro ritual de desarrollo de la resiliencia

Un buen plan de entrenamiento, nuestro ritual de desarrollo de la resiliencia, son unos cuantos hábitos que nos van a favorecer. Es preciso darles continuidad, ya que no es un bootcamp de resiliencia. Es un plan de entrenamiento para toda la vida.

  • Meditación (o como venimos a llamarlo en términos más globales, mindfulness). Enfocándonos en nosotros mismos como parte de nuestra rutina diaria, 15-25 minutos.
  • Dar las gracias (a quien usted considere: Dios, el universo, la vida…).
  • Rodéese de gente positiva y sobre todo evite las personas tóxicas. ¿Quién es quién? Usted lo sabe, gente que después de estar con ella nos encontramos mejor, pero de manera habitual, no excepcional.
  • Contribuya y forme parte de algo superior (familia, amigos, actividades saludables, hobbies, comunidad, ).
  • Un hábito muy positivo es el journaling. Escriba un diario, un registro, unas reflexiones… no son para nadie más, son para usted. Escriba para celebrar su camino hacia la resiliencia de alto rendimiento.

Seguro, lector, que le va a ayudar poner el plan en marcha. ¡Buena suerte!

Por Carles Brugarolas.