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¿Con qué frecuencia tienes un día en el que te sientes no sólo agotado sino también como si no hubieras logrado nada?

Si tu respuesta es “siempre” o “muy a menudo”, no estás solo. En la mayoría de los trabajos profesionales actuales, el multitasking y el continuo cambio de tareas se han convertido en una estrategia de supervivencia. Cambiamos constantemente nuestra atención para intentar completar tareas y proyectos, seguir y responder a un sinfín de comunicaciones y gestionar las interrupciones de los compañeros y el ruido de la oficina.

 

La distracción constante deja a su paso un rastro de pensamientos dispersos y tareas parcialmente realizadas. Nos hace sentirnos abrumados y cansados. Y cuando nuestros días ocupados y agotadores no van acompañados de una sensación de logro, nuestro trabajo resulta insatisfactorio y desmotivador.

 

La distracción es el mayor obstáculo para un trabajo significativo y satisfactorio. Muchos estudios muestran que a menudo cambiamos lo que estamos haciendo cada pocos minutos, y estas frecuentes interrupciones “nos hacen trabajar más rápido, lo que provoca más estrés, mayor frustración, presión de tiempo y esfuerzo”. Y esto sabotea no sólo nuestro rendimiento, sino la forma en que nos “mostramos” en el mundo.

 

El profesor de Georgetown Cal Newport define el “trabajo profundo” como “la capacidad de concentrarse sin distracción en una tarea cognitivamente exigente”. Dice que el beneficio es que “permite dominar rápidamente la información complicada y producir mejores resultados en menos tiempo”.

 

En el trabajo profundo se necesita tiempo para empezar, centrarse y movilizar plenamente nuestros recursos al servicio de nuestro trabajo más importante y significativo. Por “recursos” nos referimos no sólo a nuestros conocimientos, sabiduría y experiencia, sino también a nuestra empatía, pasión, bondad, diligencia y todas las demás cualidades que aportamos a nuestra vida cotidiana para hacerla única, más rica y con mayor impacto.

 

Considera esta analogía: imagina que tu tarea es montar en bicicleta durante 16 kilómetros. Empiezas a pedalear y, justo cuando coges velocidad y empiezas a progresar, algo inesperado te hace pisar el freno. Como has tenido que parar, has perdido el impulso y tienes que esforzarte más para volver a ponerte en marcha. Imagina que te ves obligado a frenar cada vez que empiezas a ir más rápido. Nunca puedes ir por inercia. Tienes que pedalear – con fuerza – todo el tiempo. ¿Cuánto tiempo crees que vas a tardar en llegar a tu destino? ¿Cuánto más difícil y frustrante crees que va a ser? Esta es la energía de tu cerebro en la distracción, y provoca días de trabajo insatisfactorios y poco satisfactorios.

 

Por desgracia, para muchos de nosotros la distracción se ha convertido en un hábito, uno que se ha reforzado tan a menudo y de forma rutinaria que es extremadamente difícil de romper. La tecnología persuasiva, que utiliza sofisticadas técnicas de la psicología del comportamiento para “persuadirnos” de que sigamos utilizándola, agrava el problema. Así que, con el tiempo, a medida que nuestro hábito se consolida, buscamos la distracción. Cuando las cosas se calman, o una tarea se vuelve aburrida o frustrante, echamos mano de nuestros teléfonos.

 

Los que estamos habituados a la distracción nos damos cuenta de que tenemos menos tiempo de atención y menos paciencia para aplicar nuestra capacidad cerebral de forma significativa. Ahora lo vemos como una tarea desagradable e insuperable, lo que significa que es menos probable que construyamos el impulso cerebral necesario para dar rienda suelta a nuestro genio. Los problemas asociados a la distracción se han agravado: nuestra capacidad para dedicarnos al trabajo reflexivo ha disminuido, al igual que nuestro deseo de hacerlo.

 

Por eso estoy convencido de que el camino para mejorar la productividad no es la “gestión del tiempo”, sino la gestión de nuestra mente y nuestro enfoque, así como el abandono del hábito de la distracción.

 

Existen tres cosas sencillas que cualquiera puede hacer para iniciar este proceso:

 

El primer paso es la toma de conciencia, porque es difícil cambiar un hábito que no se sabe que se tiene. Los hábitos se desencadenan por medio de señales, así que intenta darte cuenta de la frecuencia y el motivo por el que permites que te roben la atención. Cada vez que te encuentres abandonando una tarea sin un punto de parada intencionado, anótalo en un papel. A continuación, piensa en la causa de tu distracción y anótala también.

 

Una vez que seas consciente de las señales, debes encontrar formas de superarlas. Y esto es muy subjetivo, existen muchos tips que nos pueden ayudar a controlar estos hábitos dañinos, sin embargo no todos funcionan para todos.

 

Una tercera forma de abandonar el hábito de la distracción es el principio de la “energía de activación”. Facilita la adopción de hábitos de gestión de la atención más productivos. Por ejemplo, para empezar a realizar esas tareas reflexivas e importantes que de otro modo podrían parecer difíciles, divídelas y sé específico. En lugar de poner “escribir un artículo” en tu lista de tareas, pon “hacer una lista de cuatro puntos para el artículo”. En lugar de “analizar el informe”, escribe “identificar la idea principal de la primera sección del informe”. Si suena rápido y fácil, es más probable que lo hagas. Divide tus asuntos en próximas acciones sencillas. Lo más difícil es empezar.

 

La distracción nos hace sentir agotados y como si no estuviéramos logrando nada a pesar de que siempre estamos ocupados. Y como se convierte en un hábito, cuando no nos distrae otra persona, a menudo nos distraemos nosotros mismos. Para evitar el agotamiento, tenemos que reconocer e idear un plan para combatir el problema, de modo que podamos realizar nuestro trabajo más reflexivo e importante y dar rienda suelta a nuestro genio en el mundo.